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Gorillaz, por el lado humano

El segundo disco de 2010 de la banda virtual de Damon Albarn es una bitácora de viaje grabada con aplicaciones de iPad.

BUEN MOMENTO. Albarn abraza a Bobby Womack, artífice de uno de los mejores temas de "The Fall".

Gorillaz, o lo que de ese proyecto ha hecho y deshecho Albarn, es el mejor ejemplo de la creatividad de uno de los artistas más inquietos. Sus discos (los de Gorillaz) siempre giraron en torno a un concepto fuerte (la vida que cobraban esos personajes animados salidos de la paleta de Jamie Hewlett) y algunos mini-conceptos que ayudaban a mantener la ficción. Plastic Beach, uno de los dos discos que Gorillaz editó en 2010, tiraba la pelota del lado de la fantasía, imaginando una isla hecha de residuos como residencia final para 2-D, Murdoc, Noodle y Russel. Con semejante pretensión, terminaba impregnado de una grandilocuencia consecuente con esa idea. Y funcionó.
Pero el 25 de diciembre Gorillaz editó The Fall, un disco que da vuelta el concepto y se centra en lo humano, aunque se promocione como “grabado con aplicaciones de iPad”: fue registrado en 32 días durante el transcurso de la gira que Gorillaz realizó por EE.UU. para presentar Plastic Beach. El material es gratuito para los fans que pagan por suscribirse en Gorillaz.com, el resto lo puede escuchar, también gratis, online y en streaming de alta calidad.
Experimental por momentos, pop de a ratos, siempre con un corazón soul que aparece tras raspar varias capas de sonidos sintetizados, The Fall es como los lados C de Gorillaz. Albarn aparece con su nuevo juguete, el iPad, pero agrega instrumentos y lo registra todo en el estudio portátil sin el que no viaja a ninguna parte. Bien podría ser escuchado como una bitácora de viaje: los tracks están ordenados cronológicamente de acuerdo a la fecha y el lugar en que fueron grabados, desde Montreal hasta Oakland.
La apertura con el machacoso Phoner to Arizona; el ukelele y la voz susurrada de Revolving doors; el homenaje al dance de Detroit, en una ciudad en la que abunda la electrónica; el espíritu minimalista de Laurie Anderson que se cuela en The speak it mountains y –quizás– la mayor genialidad del disco: Boby Womack, su voz y su guitarra al servicio de Bobby in Phoenix, un blues espacial que le pone alma a tanto vocoder y moog. Puntos altos de una obra que ubica a Damon Albarn en el lugar de los pioneros. Como siempre.